Las reglas ayudan a mantener un orden social; hay sanciones si es que se infringen. Entonces lo que estamos buscando evadir es la responsabilidad de nuestros actos. Evitamos las consequencias. Y ¿Qué pasaría si alguien nos diera un pase libre para hacer lo que queramos? O simplemente jugamos a algo tan simple como "Simón Dice:..." Estamos libres de responsabilidades ¿Es eso lo que buscamos?
Siguiendo este inocente juego, obedecemos órdenes de alguien en posición superior, y si es que nos piden que rompamos estas leyes, normas sociales...
De la libertad (hacer lo que queremos) y la obediencia (hacer lo que otros quieren) queda en el medio la responsabilidad o falta de ella. Esto dio paso a un experimento muy famoso, el Caso Milgram.
Primero les dejo aquí un resumen del experimento que conmocionó a muchos y con mucha razón.
En su periodo como profesor auxiliar en la Universidad, en 1961, Milgram tuvo una idea para un experimento ingenioso. Aparentemente requería de dos voluntarios. Uno ejercía de profesor y otro de alumno.El profesor, realizaba una serie de preguntas prefijadas al alumno. El alumno estaba atado a una silla especial; Si respondía erróneamente a las preguntas, recibía una descarga eléctrica. Para el primer error, el alumno recibiría una descarga eléctrica de 15 voltios. Para el siguiente error, de 30 voltios. Así hasta llegar a los 450 voltios, que estaban bastante lejos de lo tolerable para el cuerpo.Milgram y sus ayudantes daban las instrucciones a los voluntarios, que se disponían a realizar el experimento.Comenzaron las preguntas y poco a poco iban surgiendo las primeras descargas eléctricas. Los cosquilleos iniciales fueron derivando en molestas y dolorosas descargas. O al menos eso parecía. En realidad, el voluntario que hacía de alumno era un actor y las descargas eran simuladas, pero eso no lo sabía el voluntario que hacía de profesor.La idea del experimento no era clara. En parte, lo que se trataba de evaluar era el efecto que la presión del grupo (pier pressure) ejerce sobre un individuo. Milgram tenía un talento especial para diseñar pruebas ingeniosas de las que extraer mucha información, quizás en ello haya sido el mayor experto de la ciencia moderna, con su capacidad de idear experimentos baratos y de gran calado.En este caso, el sujeto que controlaba las descargas, había recibido unas órdenes de los científicos. ¿Hasta dónde sería capaz de llevarlas?Al llegar a los 120 Voltios, el alumno gritaba “esto duele”. A los 150 Voltios pedía desesperadamente que parara el experimento. A los 270 Voltios el actor que hacía de alumno se negó a responder a más preguntas.El voluntario que hacía de profesor preguntaba entonces a los experimentadores. “¿Debo continuar?” y estos le daban una respuesta clara: “El experimento requiere que continúes.” Tras llegar a los 375 voltios, se activaba una señal de “atención: shock severo”. El voluntario llevó sin embargo el experimento hasta la conclusión, los 450 voltios inicialmente pactados.En realidad no fueron ni uno ni dos los voluntarios que tuvieron que hacer de profesores. Stanley Milgram no podía imaginar que algo así ocurriera. La verdad era que no importaba mucho la forma en que se dieran las instrucciones, ni si el voluntario era hombre o mujer: la inmensa mayoría llevaba el experimento hasta las últimas consecuencias.Al terminar la prueba se les comunicaba que el hombre que recibía las descargas no estaba simulando, para evitar posibles remordimientos en los voluntarios. Pero estos no mostraban gran pesar en su comportamiento: habían seguido órdenes.

Un sencillo bosquejo para que tengan una idea...
En realidad la obediencia puede llegar a ser algo muy peligroso...si se toma en forma literal y extremadamente al pie de la letra. Este fue un caso de muchos otros experimentos realizados por este famoso psicólogo.
Sin duda uno puede preguntarse ¿Cómo es que pudieron seguir y llevar a cabo esas órdenes?
Los voluntarios eran personas comunes y corrientes, a las que sólo bastó con dar firmes instrucciones para librarlos de la culpa y el cargo de conciencia de haber podido incluso llegar a matar. Pero como la responsabilidad caía en otro individuo, es decir ellos eran sólo títeres, no medían las consecuencias de sus actos. Claro que no actuaban libremente según sus instintos, pero tenían la libertad de haber dicho No, Basta de juegos... etc.
Y debio de haber sido frustrante haber escuchado los gritos (fingidos, pero ellos no lo sabían) y recibir a la vez esas órdenes como: Usted no tiene opción alguna. Debe continuar. En cierta forma estaban siendo obligados a hacerlo, pero podían parar. Nos pone a pensar que en ese tipo de situaciones el ser humano y su comportamiento es totalmente impredecible.
