domingo, 4 de octubre de 2009

Libertad Condicional

La Libertad es algo muy complejo. No podemos tener libertad absoluta, porque sino, cada uno haría lo que mejor le parezca . Sería un desorden total. Por la misma naturaleza del ser humano. ¿Somos realmente libres? ¿Cómo utilizamos esa libertad? ¿Qué nos aleja de ésta?


Las reglas ayudan a mantener un orden social; hay sanciones si es que se infringen. Entonces lo que estamos buscando evadir es la responsabilidad de nuestros actos. Evitamos las consequencias. Y ¿Qué pasaría si alguien nos diera un pase libre para hacer lo que queramos? O simplemente jugamos a algo tan simple como "Simón Dice:..." Estamos libres de responsabilidades ¿Es eso lo que buscamos?

Siguiendo este inocente juego, obedecemos órdenes de alguien en posición superior, y si es que nos piden que rompamos estas leyes, normas sociales...
De la libertad (hacer lo que queremos) y la obediencia (hacer lo que otros quieren) queda en el medio la responsabilidad o falta de ella. Esto dio paso a un experimento muy famoso, el Caso Milgram.

Primero les dejo aquí un resumen del experimento que conmocionó a muchos y con mucha razón.

En su periodo como profesor auxiliar en la Universidad, en 1961, Milgram tuvo una idea para un experimento ingenioso. Aparentemente requería de dos voluntarios. Uno ejercía de profesor y otro de alumno.El profesor, realizaba una serie de preguntas prefijadas al alumno. El alumno estaba atado a una silla especial; Si respondía erróneamente a las preguntas, recibía una descarga eléctrica. Para el primer error, el alumno recibiría una descarga eléctrica de 15 voltios. Para el siguiente error, de 30 voltios. Así hasta llegar a los 450 voltios, que estaban bastante lejos de lo tolerable para el cuerpo.Milgram y sus ayudantes daban las instrucciones a los voluntarios, que se disponían a realizar el experimento.Comenzaron las preguntas y poco a poco iban surgiendo las primeras descargas eléctricas. Los cosquilleos iniciales fueron derivando en molestas y dolorosas descargas. O al menos eso parecía. En realidad, el voluntario que hacía de alumno era un actor y las descargas eran simuladas, pero eso no lo sabía el voluntario que hacía de profesor.La idea del experimento no era clara. En parte, lo que se trataba de evaluar era el efecto que la presión del grupo (pier pressure) ejerce sobre un individuo. Milgram tenía un talento especial para diseñar pruebas ingeniosas de las que extraer mucha información, quizás en ello haya sido el mayor experto de la ciencia moderna, con su capacidad de idear experimentos baratos y de gran calado.En este caso, el sujeto que controlaba las descargas, había recibido unas órdenes de los científicos. ¿Hasta dónde sería capaz de llevarlas?Al llegar a los 120 Voltios, el alumno gritaba “esto duele”. A los 150 Voltios pedía desesperadamente que parara el experimento. A los 270 Voltios el actor que hacía de alumno se negó a responder a más preguntas.El voluntario que hacía de profesor preguntaba entonces a los experimentadores. “¿Debo continuar?” y estos le daban una respuesta clara: “El experimento requiere que continúes.” Tras llegar a los 375 voltios, se activaba una señal de “atención: shock severo”. El voluntario llevó sin embargo el experimento hasta la conclusión, los 450 voltios inicialmente pactados.En realidad no fueron ni uno ni dos los voluntarios que tuvieron que hacer de profesores. Stanley Milgram no podía imaginar que algo así ocurriera. La verdad era que no importaba mucho la forma en que se dieran las instrucciones, ni si el voluntario era hombre o mujer: la inmensa mayoría llevaba el experimento hasta las últimas consecuencias.Al terminar la prueba se les comunicaba que el hombre que recibía las descargas no estaba simulando, para evitar posibles remordimientos en los voluntarios. Pero estos no mostraban gran pesar en su comportamiento: habían seguido órdenes.









Un sencillo bosquejo para que tengan una idea...





En realidad la obediencia puede llegar a ser algo muy peligroso...si se toma en forma literal y extremadamente al pie de la letra. Este fue un caso de muchos otros experimentos realizados por este famoso psicólogo.

Sin duda uno puede preguntarse ¿Cómo es que pudieron seguir y llevar a cabo esas órdenes?
Los voluntarios eran personas comunes y corrientes, a las que sólo bastó con dar firmes instrucciones para librarlos de la culpa y el cargo de conciencia de haber podido incluso llegar a matar. Pero como la responsabilidad caía en otro individuo, es decir ellos eran sólo títeres, no medían las consecuencias de sus actos. Claro que no actuaban libremente según sus instintos, pero tenían la libertad de haber dicho No, Basta de juegos... etc.


Y debio de haber sido frustrante haber escuchado los gritos (fingidos, pero ellos no lo sabían) y recibir a la vez esas órdenes como: Usted no tiene opción alguna. Debe continuar. En cierta forma estaban siendo obligados a hacerlo, pero podían parar. Nos pone a pensar que en ese tipo de situaciones el ser humano y su comportamiento es totalmente impredecible.

jueves, 1 de octubre de 2009

La soledad y la supervivencia

Anteriormente se ha mencionado el hecho de que la soledad suele jugar en contra de la capacidad de sobrevivir y prosperar del individuo, no vamos a poner en tela de juicio de que el ser humano es una criatura cuya existencia resulta mucho mas fácil gracias a su relación con otros, aquello que Aristóteles llamaba amigos por necesidad es evidente en este tema, de hecho, se podria decir de que el exito mismo de la humanidad en su ascenso como la especie dominante se ha debido a esta filosofía de cooperación mutua.

Es interesante apuntar un hecho interesante en este punto, ya desde el inicio de la historia de la humanidad, la idea de la comunidad llevo a volver importantes, de una manera u otra, incluso al miembro mas humilde de esta, de modo de que todo aquello que fuera extraño a la comunidad y la afectara seria sujeto de una pronta represalia.

Pero entonces ¿Por qué es que todavia hay personas que incluso dentro de la comunidad se encuentran solas?

Las razones pueden ser diversas, desde una postura filosófica que los lleve a renunciar al trato con el resto de la sociedad (sea porque la considera corrupta, cruel, injusta, etc) o por el hecho de que alguna caracteristica del individuo lo lleva a ser repelido por la comunidad (trazas mentales, comportamiento, deformidad física, etc) en ambos casos los estandares de supervivencia variam, asi como el propio pensamiento del individuo con respecto a si mismo y a la sociedad.

Podriamos ver en el primer caso un afinamiento de las capacidades de supervivencia y atuconservacion, asi como el desarrollo de un caracter individualista muy marcado, en tanto de que en el segundo grupo se podría presentar un deseo muy fuerete de romper con la soledad presenta, forzandose asi mismo a una adaptación para hacerse mas tolerable a la sociedad, llendo al extremo de negar la personalidad original para poder ser aceptado. En ambos casos, vemos un esfuerzo supremo en pro o en contra de la soledad, el primero fomentandola, en tanto que el segundo la trata de liquidar a toda costa, es en el segundo caso donde quizas se viera un mayor conflicto moral, pues a diferencia del primero, donde la personalidad en completo del individuo esta actuando en un conjunto mas o menos coordinado, en la segunda siempre se ve la pregunta de ¿hasta donde ceder? Y es en ese punto donde se pone en evidencia el dilema moral sobre el costo de la supervivencia.

Es cierto, no todo individuo presente en el segundo caso presentara un conflicto ético en su deseo de asegurarse la supervivencia dentro del grupo, sin emabrgo hay algunos que se preguntaran cuanto es el coste de ser parte de una comunidad y si no es muy alto, la unica salidad disponible suele ser la de seguir el ejemplo del primer grupo, osea aprender a sobrevivir por si solos, o, de no poder con la carga moral de ser falso consigo mismo, perecer.

Suena dramático e incluso exagerado, pero se pueden hallar casos, sin embargo, el ser humano es una criatura tan adaptable y flexible, de que la gran mayoria optara por soluciones menos radicales.

Volviendo al punto de la supervivencia en la soledad, es comun ver en diversas culturas la imagen de los individuos solitarios, curiosamente siempre se los muestra desarrollando en la existencia solitaria habilidades que son extraordinarias, el erudito que se encierra en una camara a estudiar grandes misterios, o el cazador solitario que recorre terreno salvaje suelen estar muy bien impresos en nuestra imaginación, y sus respectivos afanes los llevaran a fomentar la soledad, buscando aquello que se han propuesto.

Finalmente, aqui dejo un relato donde se habla de un individuo del segundo grupo de solitarios, cabe señalar que el autor del cuento, H.P. Lovecraft, fue forzado durante su niñez a la soledad por una madre que creía que "era feo" y que no debia jugar con chicos "inferiores a el":

El Extraño

Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado; sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro.

No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.

Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades; sin embargo, no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.

Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.

Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.

A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.

De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.

Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me invadió el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.

Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor a precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.

De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.

Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.

Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré al interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.

Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.

Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.

No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.

Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.

No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.

Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.

Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad agradezco casi la amargura de la alienación.

Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo.
La vida es un hecho interesante, sorprendente y profundo, pero debido a las diversas circunstancias, no siempre y no para todos esto se hace evidente. Vivir una vida activa, real y consciente resulta ser sumamente difícil, sobre todo ahora, en nuestra época tan compleja y contradictoria. Siempre se nos caen encima un montón de problemas y situaciones de estrés que tienen su repercusión en nuestro estado moral. Nuestra vida pasa por una agitación constante y nosotros somos incapaces de romper ese círculo vicioso al que al parecer vamos acostumbrándonos con el tiempo.
La lucha por el bienestar material ha llegado a ser para muchos el credo de toda su vida, el principio supremo de la existencia en nombre del cual todo está permitido. Esta lucha ha convertido a muchos hombres en fanáticos servidores del culto más popular en el mundo, aquel que incluso sobrepasa los valores humanos y espirituales: el Dinero. Como un tirano, al principio ofrece promesas tentadoras, pero luego trae sólo decepciones, frustración y fracaso de ilusiones. Tiene la fachada de ser un paraíso donde el hombre puede conseguir, materialmente todo lo que quiera, sin embargo esconde una multitud de conflictos humanos no resueltos que quizá no afecten al cuerpo, pero sí al alma.

La soledad es uno de estos problemas palpitantes y delicados del alma humana que nos afectan a todos,aparte de nuestra situación material, nivel intelectual o títulos adquiridos. No existe ni una sola persona que pueda presumir de no haber sentido nunca en su propia piel ese estado interno tan particular que puede ser a veces doloroso y a veces, por el contrario, muy profundo y especial.

El problema clave de la soledad siempre tiene relación con las relaciones humanas.

Algunos se sienten solos por no tener en la vida a un compañero o compañera realmente querido con quien poder compartir las penas y alegrías. Otros quieren simplemente ser amados, ocupar un lugar principal en la vida de alguien. Y otros no son capaces de encontrar a alguien capaz de compartir sus pensamientos, sentimientos, sueños recónditos y aspiraciones. Este es un problema frecuente, y es propio de mucha gente que, teniendo un montón de conocidos, no pueden contar con un sólo amigo fiel. Otros se sienten solos por haber sido tantas veces abandonados y engañados que ya no creen a nadie ni nada, aún cuando la gente trate de acercárseles con intenciones plenamente sinceras.

El miedo a la soledad es natural y muy comprensible, pero a menudo se convierte en una fuente de decisiones erróneas, estados psicológicos verdaderamente tortuosos y desaciertos motivados por razones muy diversas y discutibles.

El Alma necesita no sólo relaciones verdaderas, sino todo lo que pueda darle oportunidad de despertar sus potenciales ocultos, sus grandes Sueños, su nobleza y su profunda Sabiduría.

¿Qué necesita el alma?
Necesita encontrar el sentido de la vida. Saber por quién y por qué vive y muere. Soñar profundamente, con toda su fuerza, y tener una Obra sagrada para encarnar sus Sueños.

Un hombre sin sentido de la vida, sin grandes sueños, sin Obra sagrada, está realmente solo.

  • El Alma necesita algo que pueda unir la vida y la muerte, lo visible y lo invisible. Necesita el camino, saber de dónde viene y a dónde va. Necesita a alguien que la conduzca por el camino, que le sirva de ejemplo de nobleza y de todas las virtudes, alguien de plena confianza. Un hombre sin camino y sin maestros está realmente solo.
  • El Alma necesita armonía y belleza como fuentes de inspiración permanente. Necesita estar segura de que hay cosas y valores que no mueren. Necesita sentir lo eterno y lo inmortal. Un hombre sin lo sagrado, lo bello y lo eterno está realmente solo.
  • El Alma necesita intuir la presencia divina en todas las cosas, sentir la bendición y la protección de ese "Algo" enigmático, sublime y misterioso. Un hombre sin Dios está realmente solo.
  • El Alma necesita llegar a entender que no hay nada casual en el Universo y que nunca le sucede nada que no sea capaz de superar. Que todo lo auténtico en la vida está marcado por el Destino. Un hombre incapaz de entender el Destino y sus signos, de intuir la providencia y su propia predestinación está realmente solo.
  • El Alma necesita tal tipo de relaciones con otros hombres que sean algo más que meras emociones. Necesita "almas gemelas" que compartan su camino, sus sueños, y sus luchas. Un hombre sin almas cercanas, sin compañeros unidos por un mismo camino, está realmente solo.
  • El Alma también tiene miedo de la soledad, pero sus temores son de otro tipo. No se preocupa por lo que podría conseguir o perder. Sus preocupaciones son mucho más profundas. Su felicidad no depende de lo que pueda obtener de otros sino de su propio amor, sacrificio y dación.

    Parece paradójico, pero precisamente cuando un hombre ya no necesita nada para sí mismo, el Destino le hace encontrar en su camino a seres queridos, verdaderos compañeros de ruta que aspiran a estar a su lado atraídos por la fuerza de su alma. Para convivir verdaderamente con otra persona, es necesario primero dejar de depender de ella.